
- Conoce a nuestros CTEs
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¿Cómo llegaste a ser CTE en Sener?
Llegué a ser CTE como se llega casi siempre a las cosas importantes: sin buscarlo explícitamente, pero trabajando muchos años en la misma dirección. Toda mi vida profesional ha estado ligada a la ingeniería de sistemas. Empecé como Requirements manager en el programa Eurofighter entre 2000 y 2007, una auténtica escuela de rigor, complejidad y disciplina mental.
Después trasladé todo ese aprendizaje del mundo aeroespacial al ferroviario, en proyectos de gran envergadura, donde la ingeniería de sistemas cobra todavía más sentido porque el sistema ya no es un avión, sino una infraestructura en movimiento. A eso se sumó RAMS desde el primer día que entré en Sener. De hecho, en la Línea 9 de Barcelona desarrollamos desde cero toda la estructura y metodología del dosier de seguridad global, algo que hoy damos por hecho, pero que entonces fue pionero.
Siempre digo que para ser buen ingeniero de sistemas hacen falta dos cosas: pensamiento abstracto y systems thinking. Entender que el todo no es la suma de las partes, sino algo distinto, emergente. Como diría Aristóteles – y siglos después la teoría de sistemas – , el todo es más que la suma de sus componentes.
Desde 2019 dirijo la disciplina de Integración de Infraestructuras, primero como líder y desde 2020 como jefe de disciplina. Hemos crecido muchísimo, en personas, en proyectos y en impacto global. Que Sener me haya nombrado CTE es un reconocimiento enorme a ese camino colectivo, y lo vivo con mucho orgullo… y también con mucha responsabilidad.
¿Cuál ha sido el proyecto más desafiante de tu carrera?
Sin duda, el LRT de Abu Dabi. Fue uno de esos proyectos que te ponen a prueba de verdad. Un cliente extremadamente exigente, estándares altísimos y un contexto técnico y contractual muy complejo.
En ese proyecto llevé muchos gorros a la vez – sobraban sombreros, como decía Pérez Reverte – Requirements manager, Safety manager, RAM manager y finalmente también Security manager.
Fue retador no solo por la carga de trabajo, sino porque desarrollamos una metodología de requisitos y RAMS que acabó convirtiéndose en el estándar con el que el cliente evaluaba a todos los consorcios.
Y aquí viene la parte curiosa: nuestro consorcio (Sener + TYPSA, haciendo el diseño preliminar del LRT) fue comparado directamente con el grupo que diseñaba el metro, ADAPT, formado por AECOM, Parsons y DB, en teoría “los grandes”. No solo salimos bien parados, sino que nos ganamos el reconocimiento del cliente… y del cliente del cliente. De esos momentos que no se olvidan.
¿Qué valor crees que aporta el rol de CTE a Sener?
El CTE es, ante todo, un referente técnico. Aporta solidez, da seguridad y transmite un mensaje muy claro: aquí la excelencia técnica importa. Y no solo importa, se cuida.
El rol anima a otras personas a ir más allá, a investigar el estado del arte, a no conformarse con “esto siempre se ha hecho así”. En ese sentido, conecta mucho con lo que explica Yuval Noah Harari sobre el conocimiento: no es acumular información, es entender los sistemas que hay detrás.
Además, el CTE tiene una componente claramente ligada al negocio. La existencia de CTEs dice mucho de una empresa: indica que compite por calidad, por criterio, por profundidad técnica. Es una señal muy potente hacia clientes y hacia dentro de la organización.
La existencia de CTEs (en una empresa) indica que compite por calidad, por criterio, por profundidad técnica.
¿Cómo impulsas la innovación y el desarrollo del talento?
Primero, permitiendo el error. Siempre digo que equivocarse está permitido, incluso es deseable, si lo que se propone es una forma nueva de hacer las cosas. La innovación sin error es una contradicción en términos.
Segundo, diciendo casi siempre que sí cuando veo pasión en quien propone algo. Y escuchando mucho. Escuchando de verdad. Ante la pandemia de superficialidad y falta de atención que sufre nuestra sociedad, escuchar activamente es casi un acto revolucionario.
Además, intento “plantar ideas” dentro de la disciplina: asigno objetivos individuales que son solo la punta del iceberg. Luego las personas los transforman, los enriquecen y, a veces, los llevan a lugares que yo ni imaginaba. De ahí han salido metodologías, algoritmos y enfoques realmente rompedores.
Mi obsesión es crear un entorno donde todo el mundo sienta que puede opinar y donde no exista la censura previa. De los entornos libres salen las mejores ideas.
¿Cómo acompañas a los equipos en la mentoría?
Hemos desarrollado un body of knowledge que recoge más de 20 años de lecciones aprendidas en integración y RAMS. Es la base común de la disciplina. Pero siempre insisto en lo mismo: la metodología no es una religión.
Lo importante es el tailoring. Adaptar. Cada proyecto es distinto: no es lo mismo trabajar en un entorno anglosajón como Scarborough que en contextos donde la ingeniería de sistemas no está tan sistematizada y hay que ir a soluciones más pragmáticas.
Como CTE también participo en la definición inicial de estrategias de aplicación en proyectos y estoy disponible para los IRDs cuando surgen dudas técnicas o conflictos con el cliente. Más que imponer respuestas, intento ayudar a pensar mejor el problema.
¿Qué habilidad consideras clave transmitir o potenciar?
La confianza en uno mismo. Y esa confianza solo se construye con una base sólida de conocimiento. Hay que profundizar, no quedarse en la superficie, entender los fundamentos y contrastar fuentes.
Solo así se gana la flexibilidad intelectual para defender una metodología ante cualquier cliente. Es como ese dicho que me encanta: hay que conocer muy bien las normas para saber cuándo y cómo incumplirlas.
Curiosidad, esfuerzo y actitud. Con eso, casi todo es posible.
Más que imponer respuestas, intento ayudar a pensar mejor el problema.
¿Qué consejo darías a quien quiere crecer en el ámbito técnico?
Curiosidad infinita y una pregunta constante: “¿qué más puedo hacer?”. Me gusta mucho la fábula La buena suerte, de Álex Rovira y Fernando Trías de Bes. La idea central es simple pero poderosa: la buena suerte no se espera, se construye.
El caballero protagonista de la fábula no deja nada al azar, siempre se pregunta qué más puede aprender, mejorar o preparar. En lo técnico pasa exactamente lo mismo. Solo quien desarrolla una sana obsesión por hacerlo mejor cada día alcanza el verdadero dominio de su especialidad.
Y al final, el juez más exigente eres tú mismo. Si por la noche te acuestas con una sonrisa pensando “esto está bien hecho”, vas por el buen camino.
¿Qué tendencias marcarán el futuro en tu especialidad?
La inteligencia artificial, sin ninguna duda. Y no como amenaza, sino como amplificador del talento. Cambiará el foco del “hacer” al “revisar”, al decidir mejor, más rápido y con más contexto.
En la disciplina ya estamos trabajando en ARCADE (Automatic Requirements Categorization and Decision Engine), un ingeniero virtual de integración que ejecuta muchas de nuestras tareas con el mismo nivel de rendimiento. Esto nos permitirá aportar más valor, llegar antes a los proyectos y ser mucho más incisivos desde el inicio.
También veremos una democratización de la ingeniería de integración: dejará de ser una especialidad de pocos y pasará a ser una exigencia contractual habitual. Ahí tendremos que diferenciarnos, y ya estamos trabajando en el siguiente paso de nuestra diferenciación como empresa: una visión completa del ciclo de vida en V, fusionando la parte izquierda conceptual y la parte derecha donde se produce la materialización física de los activos.
Mover una sala técnica en un plano cuesta poco. Moverla cuando ya está construida… cuesta mucho más. Entender que ambos (las líneas en el plano y las paredes y conexiones en la realidad) son el mismo elemento es el verdadero valor que aportamos.
Eso sí, también habrá intrusismo. Personas que han rozado la integración de sistemas y se presentarán como expertos. Un buen ingeniero de sistemas no solo piensa de forma holística: entiende la trazabilidad, el assurance y los modelos abstractos que sostienen todo lo demás. Eso requiere años de contrastar los modelos mentales de cada uno con la realidad de los proyectos.
¿Qué te motiva más de tu labor como CTE?
Ayudar a resolver problemas complejos de forma elegante. Optimizar la progressive assurance y dar sentido a todos los productos del ciclo de vida: requisitos, arquitectura, diseño, pruebas, interfaces…
Es como tener un centro de control del proyecto completo. Pero, sobre todo, lo que me motiva sobremanera es trabajar con personas brillantes que comparten esa pasión por hacerlo bien, por destacar y por dejar huella. Ver crecer a la disciplina a través de ellas es una de las mayores satisfacciones que puede tener un CTE.
¿Cómo imaginas la evolución de tu rol en los próximos años?
Aparecerán CTEs nuevos y otras áreas dejarán de tener un CTE. Algunas áreas serán absorbidas por la IA, otras dejarán de ser negocio. Pero, más allá de eso, el CTE debe evolucionar hacia un rol de guía, faro y consultor interno.
Menos apagar fuegos y más evitar que se produzcan. Más exploración, más aprendizaje continuo, más contacto con la industria, la ciencia y la tecnología. Todo evoluciona muy rápido y tenemos que movernos con agilidad y mente abierta.
Como decía Heráclito: nadie se baña dos veces en el mismo río. Y en ingeniería, menos aún.






