El aumento de las cargas de trabajo que deben procesar los sistemas informáticos, impulsado por el uso de inteligencia artificial, está redefiniendo el diseño de los centros de datos. La aparición de nuevos modelos de computación está cambiando de forma significativa las necesidades de infraestructura, acelerando decisiones estratégicas que hace pocos años se consideraban a más largo plazo. Este nuevo contexto está marcado por dos factores principales: el uso de equipos de alta capacidad y la necesidad de encontrar nuevas soluciones energéticas ante las limitaciones de la infraestructura eléctrica existente. Ambos están generando un nuevo escenario que plantea retos importantes, pero que también abre la puerta a optimizar el diseño y la operación futura de los centros de datos. Simplificación de infraestructuras: menos complejidad, más eficiencia A nivel electromecánico, una de las tendencias más claras es la simplificación. Se está apostando por reducir la complejidad de las topologías eléctricas y mecánicas, con el objetivo de hacer las infraestructuras más eficientes y fáciles de operar. Esto se traduce en: Este enfoque permite mejorar la disponibilidad global de las instalaciones, apoyándose en un número menor de sistemas, pero con una alta fiabilidad individual. Eficiencia operativa La tendencia actual apunta a reducir la complejidad de los sistemas, lo que permite facilitar la operación de las instalaciones, reducir la carga de mantenimiento y mejorar la eficiencia en la gestión de la infraestructura. En este contexto, la reducción de la complejidad no es únicamente una cuestión de diseño, sino también de operación diaria de la instalación. Cada vez se apuesta más por soluciones en las que la fiabilidad no depende tanto de la cantidad de sistemas disponibles, sino de la calidad, robustez y comportamiento individual de cada uno de ellos. Este enfoque favorece una mayor estabilidad operativa en centros de datos de alta densidad. Limitaciones de la red eléctrica y soluciones energéticas híbridas Uno de los principales desafíos actuales es el acceso a la energía. Conseguir nuevas conexiones a la red eléctrica es cada vez más complicado, y esto está condicionando directamente el desarrollo de nuevos centros de datos. Ante esta situación, muchas empresas están
¿Qué te inspiró a iniciar tu carrera en el sector aeroespacial? Desde muy joven me atrajo la tecnología y el espacio me generaba muchísima curiosidad. Me asombraba la forma en que las comunicaciones permitían conectar personas y sistemas y, en definitiva, hacer posible que proyectos complejos funcionaran. Por eso decidí estudiar Ingeniería de Telecomunicaciones en la UPV. Me vine a Madrid para poder trabajar en el sector espacial, que era lo que me había motivado a estudiar la carrera. Me inspira trabajar en entornos donde la fiabilidad, la precisión y el diseño electrónico son claves, y donde cada componente cuenta. Esa mezcla de complejidad técnica y propósito es lo que me impulsó a seguir esta carrera y lo que continúa motivándome cada día. ¿Cómo accediste a Sener? Cuando me mudé a Madrid, tuve la oportunidad de trabajar durante tres años y medio en otra empresa del sector espacial, una etapa que consolidó mi interés por este ámbito. Con el tiempo, identifiqué en Sener una oportunidad que encajaba plenamente con el proyecto profesional que quería construir a futuro. No solo me permitía seguir desarrollándome en el ámbito espacial, sino que también abría la puerta a participar en proyectos de defensa, un campo que considero especialmente retador y estimulante por su complejidad técnica y su impacto estratégico. Esa combinación de tecnología puntera y nuevos desafíos fue lo que me motivó a dar el paso. ¿En qué área de negocio trabajas? y ¿cómo es tu día a día? Actualmente trabajo en Sener Aeroespacial y Defensa como responsable de componentes dentro de la división de Sistemas Electromecánicos. Nuestro departamento da soporte a proyectos en tres mercados —espacio tradicional, New Space y defensa—, aportando soluciones técnicas a más de veinte proyectos en paralelo. Participamos desde las fases iniciales de oferta y colaboramos estrechamente con ingenieros de distintas disciplinas para asegurar que los diseños electrónicos sean robustos, fiables y cumplan todos los requisitos del proyecto. El rol de ingeniería de componentes implica una gran variedad de tareas: análisis y selección de EEE, soporte al diseño, interlocución con calidad, compras y fabricantes, y seguimiento técnico durante todo
¿Cómo llegaste a ser CTE en Sener?Llegué a ser CTE como se llega casi siempre a las cosas importantes: sin buscarlo explícitamente, pero trabajando muchos años en la misma dirección. Toda mi vida profesional ha estado ligada a la ingeniería de sistemas. Empecé como Requirements manager en el programa Eurofighter entre 2000 y 2007, una auténtica escuela de rigor, complejidad y disciplina mental. Después trasladé todo ese aprendizaje del mundo aeroespacial al ferroviario, en proyectos de gran envergadura, donde la ingeniería de sistemas cobra todavía más sentido porque el sistema ya no es un avión, sino una infraestructura en movimiento. A eso se sumó RAMS desde el primer día que entré en Sener. De hecho, en la Línea 9 de Barcelona desarrollamos desde cero toda la estructura y metodología del dosier de seguridad global, algo que hoy damos por hecho, pero que entonces fue pionero. Siempre digo que para ser buen ingeniero de sistemas hacen falta dos cosas: pensamiento abstracto y systems thinking. Entender que el todo no es la suma de las partes, sino algo distinto, emergente. Como diría Aristóteles – y siglos después la teoría de sistemas – , el todo es más que la suma de sus componentes. Desde 2019 dirijo la disciplina de Integración de Infraestructuras, primero como líder y desde 2020 como jefe de disciplina. Hemos crecido muchísimo, en personas, en proyectos y en impacto global. Que Sener me haya nombrado CTE es un reconocimiento enorme a ese camino colectivo, y lo vivo con mucho orgullo… y también con mucha responsabilidad. ¿Cuál ha sido el proyecto más desafiante de tu carrera? Sin duda, el LRT de Abu Dabi. Fue uno de esos proyectos que te ponen a prueba de verdad. Un cliente extremadamente exigente, estándares altísimos y un contexto técnico y contractual muy complejo. En ese proyecto llevé muchos gorros a la vez – sobraban sombreros, como decía Pérez Reverte – Requirements manager, Safety manager, RAM manager y finalmente también Security manager. Fue retador no solo por la carga de trabajo, sino porque desarrollamos una metodología de requisitos y RAMS que acabó convirtiéndose en el
En la gestión del ciclo integral del agua, la afirmación «lo que no se mide, no se puede gestionar» mantiene hoy una vigencia absoluta; sin embargo, la metodología de medición ha experimentado una metamorfosis radical. En el último siglo, hemos transitado desde expediciones heroicas para leer una escala de nivel en un río remoto hasta la recepción de terabytes de información en tiempo real desde el espacio. Es fascinante analizar esta transición, explorando la evolución técnica hasta comprender el impacto disruptivo del Remote Sensing y cómo la arquitectura SCADA ha redefinido la precisión de nuestros modelos actuales. A principios del siglo pasado, la hidrología era una ciencia que exigía una paciencia y presencialidad extremas. Los ingenieros y observadores dependían casi exclusivamente de estaciones de aforo manuales, donde los datos se limitaban a lecturas visuales de escalas (miras) y al uso de molinetes mecánicos para medir velocidades de flujo. Esta labor requería jornadas enteras de campo, a menudo bajo condiciones climáticas adversas y enfrentando riesgos personales significativos para obtener un solo dato puntual. Durante décadas, la información se recopiló bajo este mismo patrón, lo que imponía una limitación crítica: la información era discreta. Solo conocíamos el estado del río en el instante exacto de la medición, lo que generaba un vacío en la resolución temporal. Si una avenida ocurría durante la noche o entre visitas técnicas, el pico de la crecida a menudo se perdía, obligando a los hidrólogos a estimar niveles mediante marcas de agua en la vegetación o puentes, o incluso a valerse del testimonio de los locales para intentar recrear la magnitud del evento. A mediados de siglo, la introducción de los limnígrafos de flotador con registro en papel supuso un avance cualitativo innegable. No obstante, aunque el registro era continuo, el dato seguía siendo analógico y permanecía cautivo en el papel hasta que un técnico lo digitalizaba manualmente. Esta restricción histórica condicionó tanto a la hidrología como a la hidráulica a ser, durante mucho tiempo, ciencias de análisis estadístico a posteriori más que herramientas de gestión proactiva en tiempo real. El paradigma cambió definitivamente con la irrupción